Noche de verano

NOCHE DE VERANO

Benjamín abrió mucho los ojos y dejó este mundo. Eso fue lo que realmente pasó pero en esos momentos mi estado de embriaguez y el de mi médico nos impedían mantener una línea recta de razonamientos. Le ofrecí una cerveza a nuestro recién fallecido amigo; su falta de respuesta nos inquietó.

Miré el reloj. Eran las tres de la mañana. No era hora de dormir. El doctor Ubaldo, mi médico de cabecera, me miraba con esos ojos rojos de borracho y pupilas anormalmente dilatadas. Quise pedirle que le comprobara el pulso a Benjamín pero sólo me salió un balbuceo; no obstante parece que me entendió, o bien se dio cuenta de algo de lo que yo no sospechaba nada. Mi diligente compañero se acercó al cuerpo tambaleando y con un vaso de Bourbon en la mano, acababa de ponérselo. En el camino tuvo que apartar varias botellas y latas vacías con el pie. La casa estaba hecha una mierda de un día entero bebiendo y comiendo.

-Mierda. ¡MIERDA MIERDA MIERDA MIERDA MIERDA!

-Cuidado, vas a tirar el bourbon – mi médico hacía demasiados aspavientos con la mano que sujetaba el vaso, llamadme frívolo pero no quería que un vaso roto pasara a engrosar la larga lista de destrozos que ya estaban decorando mi otrora digna casa.

-¡A la mierda el puto vaso! ¡A tomar por el culo mi puta vida! Benjamín NO TIENE PULSO. Está jodidamente jodido. Es un fiambre… ¡tío! Su cuerpo ya sólo es MIERDA, no forma parte de los seres vivientes. Joder…

Aunque quiso decir las palabras de manera escandalizada, no le salió más que ese lenguaje propio de los borrachos en el que se arrastran sílabas y se intercala algún que otro hipo en la oración. No sé si era por la cantidad ingente de alcohol que habíamos ingerido o por la falta de sensibilidad que había desarrollado en todo este tiempo de vida pero creo que no estaba tan alterado como Ubaldo.

Un silencio artificial invadió las paredes de mi morada. Los dos pensamos. No sé en qué pensó él, seguramente en Dios. Yo pensé que tener a un hombre muerto en la casa no era seguro. No podía establecer premisas y llegar a conclusiones lógicas con claridad así que me puse otro gintonic. Posiblemente mi subconsciente interpretara que el transparente del elixir me haría limpiar mi intoxicado sistema nervioso. Derramé parte del Tanqueray en la moqueta “joder, estoy fatal, no coordino bien mis movimientos y me estoy dando cuenta de ello, pero aún así sigo bebiendo”. Necesitaba hielo, para eso tenía que pasar por delante del reflexivo y, ahora sí, religioso Ubaldo y el cadáver. Al hacerlo nos miramos, no dijimos nada pero sé exactamente qué pensaba. Pensaba: “menudo hijo de puta, su amigo muerto y él se pone otra copa”. No me importaba porque estaba bebido y el etanol tiene como primer efecto desinhibir. Salí de la estancia y pasé a la cocina, abrí el congelador y cogí dos piedras de hielo de una bolsa abierta. Las eché en el vaso, y eso me salpicó los pantalones.

Cuando me introduje de nuevo en el salón volví a entrar en el mundo real. Benjamín seguía en su sitio. El doctor estaba sentado en una silla inclinado hacia delante bebiendo a sorbos el bourbon casi sin abrir la boca y con la mirada fija en el infinito. “Ha pasado rápido a la fase de aceptación, deberían servir whisky en las consultas de oncología”.

Estuvimos un rato así, hasta que se vino abajo y me habló:

-Pobre hijo de puta…

-Pobre cabronazo… A veces pasa, unos mueren otros viven. Tenemos que deshacernos del cadáver.

-¿Deshacernos de Benji? – me miró con la cara con la que un niño mira a su padre cuando le castiga sin postre.

-Sí, deshacernos de Benji.

-Deshacernos de Benji…

Parecía que lo aceptaba pero yo no las tenía todas conmigo. Un médico borracho no es un ser racional como me lo había demostrado en incontables ocasiones mi compañero. En ese momento se me ocurrió que habría que llamar a nuestro otro amigo, que se había ido hacía varias horas totalmente borracho a buscar comida.

-Joder. Hay que pedir ayuda.

Llamé al número de su móvil. Sinceramente no esperaba que un hombre que había ido a coger su coche caminando en eses y sin pantalones hubiera sobrevivido. Pero me lo cogió.

-Tío… tenemos un problema.

-No encuentro comida, estoy en mi casa. No vengáis.

-Joder… tienes que venir ahora.

-Te he dicho que no quiero veros, sois unos putos nihilistas ¿oís? Soy una persona seria. No puedo mezclarme con vosotros… agh!

-Tío… ¿Qué pasa?

-Acabo de vomitar. No quiero hablar más de esto. Adiós.

Colgó el teléfono. Ubaldo estaba arrastrándose por el suelo. No le presté atención y fui a abrir una cerveza. Necesitaba un poco de gasolina belga para hacer funcionar mis engranajes. Pensé que era horrible beber una cerveza de importación directamente de la botella así que cogí un vaso de otra cerveza diferente “el sacrilegio es menor”. El vaso estaba lleno de cerveza española. Soy muy nazi con las cervezas. Tenía que tirar la española. El fregadero estaba roto. Me dirigí al cuerpo de benjamín y se la tiré en la ropa. Por el fenómeno de la capilaridad la cerveza quedaría empapada en la camisa y no me mancharía la alfombra ni los muebles. Total, estaba muerto. En ese momento Ubaldo tuvo otra crisis depresiva.

-Tío ¿sabes qué voy a hacer? ¿Lo sabes? Voy a llamar a la policía para entregarme.

-Ni se te ocurra tocar el teléfono drogadicto de mierda.

-Somos los responsables, somos asesinos. Tienes que entregarte conmigo. No tenemos antecedentes… nos dejarán salir pronto.

-Si coges el teléfono te lanzo el cuchillo – no iba a hacerlo pero creía que se acobardaría con mi amenaza.

-Entonces seré un mártir de la verdad…

Estaba colocado, fui más rápido que él, que estaba en el suelo arrastrándose y le quité el teléfono de su alcance. Luego lo levanté y fuimos a por ácido sulfúrico al sótano. No sé por qué razón tendría que tener eso ahí.

-Joder… ahora soy un puto cómplice. ¿Soy tu jodido cómplice? Dime que no soy tu maldito cómplice de mierda…

-Eres mi puto cómplice. Tío si nos pillan vamos los dos a la jodida silla eléctrica.

Mientras bajábamos las escaleras íbamos bebiendo nuestras bebidas. Noté que mi médico, que me seguía hacia el sótano, ya estaba mucho más calmado. Sus palabras me devolvieron por completo la fe en su capacidad de raciocinio y su pensamiento crítico de científico.

-Pues si no tenemos ácido hay que cortarlo en trocitos pequeños y tirarlo por el retrete.

Pensé que el mecanismo mental que había desarrollado esa solución a nuestro problema era el mismo que mi amigo usaría en las urgencias que atendía en el hospital. Yo había pensado en otras soluciones:

-Tenemos que quemarlo, lo podemos hacer en la mierda de chimenea del salón.

-¿Tienes leña? Tranquilo tengo en mi casa, puedo ir en un momento con la furgoneta. Necesitaremos yesca ¿tienes algodón? Bueno, creo que también me queda. Tengo hambre, podríamos aprovechar el puto fuego para comer algo.

No teníamos ácido así que recurrimos al plan B. Había suficiente leña en el sótano. Fuimos subiendo poco a poco. Pensé que como la chimenea era pequeña aún así tendríamos que trocear el cuerpo y quemarlo por partes. Cuando estuvo lista la pira observé que sí entraría entero después de todo. Eso fue un alivio porque de haberlo hecho, no hubiera podido encender la chimenea nunca más sin recordar la parrillada hecha con lomos, carrilleras y zancas de Benjamín.

Mi doctor y yo encendimos el fuego sin demasiados problemas. Parecía que el alcohol se mantenía en mi sangre de forma estática y no subía ni bajaba así que más o menos yo estaba acostumbrado a moverme sin demasiados problemas. Cuando llegó el momento de introducir el fiambre de nuestro desdichado camarada en la pira improvisada me entraron ganas de vomitar. Pensé que si intentaba correr a un lugar dónde echarlo no me daría tiempo y mancharía más partes de mi casa. Así que decidí vomitar sobre Benjamín. Al fin y al cabo… ¿qué importancia tendría que yo le vomitara encima cuando estaba a punto de carbonizarse? Ubaldo me vio vomitar y también le dio por hacerlo, él lo hizo a los pies de Benji. Me enfadé porque yo había transgredido las normas sociales vomitando a un amigo fallecido con tal de no manchar mi casa y él no había respetado una casa ajena para quedar bien con su propia conciencia.

-¡Joder! Mira lo que has hecho. Eres un cerdo de mierda.

-He vomitado en mi sitio cabrón. Jódete si tu casa está sucia.

“Apestoso mierdas” pensé mientras me enjuagaba la boca con una cerveza barata. Ubaldo se mostró de nuevo disgustado con el desarrollo de los acontecimientos:

-Un momento. Jesús no aprobaría que se inmolara a un hermano sin funeral. Necesitamos un ministro del señor y más alcohol.

-Mira, yo haré de cura, conozco algunas oraciones… como el padrenuestro, el avemaría… No sé… esa sarta de gilipolleces que te enseñan en el colegio. Voy a por bourbon.

Cuando volví medio cuerpo de Benjamín estaba carbonizado y la otra parte cruda. Ubaldo rezaba de rodillas con un vaso vacío a su lado “se lo ha bebido todo… tendremos problemas”. Me ordenó que me arrodillara. No me gusta arrodillarme.

-Que te den cabronazo.

-Mira, si no vas a colaborar lo mejor es que te vayas.

-¿Me estás echando de mi puta casa?

-Sólo te aconsejo. ¡Es un jodido consejo! Si no vas a colaborar no interrumpas mis actividades religiosas.

-¡Yo soy el hijo de puta que da consejos en mi jodida casa! No voy a consentir… no voy a permitir –no encontraba las palabras- que semejante hijo de perra malnacido…-paré para tomar un sorbo de bourbon- me dé jodidas lecciones de ética.

-Tienes razón. Hijo de perra malnacido… eso es lo que soy. Un bastardo. Voy a oficiar el funeral.

Se puso en pie y me hizo una seña para ponerme de pie. Llevaba un vaso de bourbon en una mano y una cerveza en la otra. Él llevaba sólo un vaso de whisky que se acababa de poner y una biblia en la otra mano. Comenzó con voz casi ininteligible y que pretendía ser ceremoniosa.

-Estamos aquí reunidos…para despedir…a Benjamín…

-Amén.

-Amén.

Tras el acto introdujimos la parte no quemada de nuestro amigo en la chimenea con ayuda de un atizador y avivamos el fuego con el fuelle. Pensé que esto no podía terminarse así.

-No podemos enviar al viejo Ben sin bebida. Quiero decir… ¿qué se tomará con Dios cuando lo vea?

-No está en nuestras manos. A Jesús sólo le gustaba el vino, cualquier otra bebida iría contra las normas celestiales.

-Bueno. Entonces pongámonos otra copa.

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